Escombros


Cuelgo la traducción  el cuento  que me publicaron en catalán en la  revista digital  Núvol.com i que quedó en 9ª posición en el concurso de verano que organizaba la misma revista.

 

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ESCOMBROS

Hace casi tres años que me ocupo de la guarda de una masía en el Priorat. El trabajo es sencillo porque los dueños vienen con muy poca frecuencia. No veo a mucha gente y soy feliz. Mucho más feliz que cuando era maestra en Barcelona. Escribo, leo y paseo. Siempre me ha gustado pasear y ahora puedo hacerlo siempre que quiero. Conozco todos los senderos de los alrededores, los dóciles, que rodean los viñedos y los frutales; los escarpados, que suben a la Sierra del Montsant y los peligrosos, que conducen a las minas abandonadas que hay por aquí cerca.

Hoy he recibido la visita de mi hermana. No nos habíamos visto desde que me fui de la ciudad. Antes nos veíamos mucho porque nuestra madre, que estaba en silla de ruedas, vivía en su casa y yo iba cada día allí para cuidarla mientras ella acudía a su trabajo, en el turno de tarde. Yo pensaba que estaría molesta y disgustada conmigo porque no le he dado noticias mías desde que vine a vivir aquí. Pero no. Ha venido a explicarme que su marido la dejó hace un año. Sí, me ha dicho que un día ya no volvió a casa. Me ha confesado que los primeros meses se desesperó pero que, poco a poco, fue descubriendo, primero incrédula, después enfurecida, un mundo de enredos y de infidelidades: la cara oscura, oculta, insospechada de su marido.

-Estaba casada con un depravado y no lo sabia. Se me ha caído la venda. Ahora ya no me importa dónde haya ido a parar, ¡prefiero no verle nunca más!- me lo ha dicho con lágrimas en los ojos pero con contundencia, mientras admirábamos como las montañas se tragaban el sol, muy despacito.

Nos hemos despedido con mutuas promesas de futuros encuentros.

Esta visita me ha conmocionado. Hacía mucho tiempo que no sentía tanto afecto por mi hermana. La he encontrado triste, lúcida y tranquila. A pesar de su sufrimiento, me ha parecido, incluso, liberada.

Yo también me he liberado.

Por un momento, mientras me hacía confidencias, me hubiera gustado atreverme a confesarle que dejé la escuela y me vine al Priorat huyendo del acoso a que me sometía su marido, en su propio hogar, en su habitación, en el pasillo, en la cocina, cuando yo iba allí para cuidar a nuestra madre, y que por esta razón, cuando ella murió, no volví a poner los pies en su casa. Hubiera querido ser capaz de decirle que a su marido no le hubiera sucedido nada si no me hubiera venido a buscar aquí, a la masía, en tren y luego a pie, para que nadie supiera donde había ido. Hubiera querido explicarle que cuando le vi en la puerta, viscoso, prepotente y agresivo como siempre, salí como si me llevasen los demonios y él me siguió, lanzándome les mismas obscenidades con las que acostumbraba a humillarme. Hubiera querido revelarle que me salvó su caída fortuita en un antiguo pozo de la mina. Y que sin pensármelo ni dos segundos, tapé el agujero con las piedras más grandes que encontré.

Pero no le he contado nada de todo eso.

Pensándolo bien, son detalles de mal gusto. Más vale que queden enterrados para siempre bajo los escombros.

Aquí tenéis el enlace al cuento publicado en la revista digital

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